El uso del término "Gorila"

17 de septiembre de 2012


La palabra gorila forma parte del vocabulario político argentino. Su utilización y su vigencia han tenido etapas de furor y otras en que pareció pasar de moda o haber perdido  potencia enunciativa ante una realidad cambiante. La despolitización impulsada desde 1976 tuvo, desde luego, algo que ver en el desuso del término. Una sociedad donde se discute políticamente solo en los días previos a las elecciones no tiene necesidad de crear ni usar categorías constantes. Sin embargo, luego del estallido del 2001, la irrupción de la política saltó el plano electoral, recuperando viejas tradiciones y sumando nuevas prácticas acordes a los nuevos tiempos. En los últimos años, el concepto ha vuelto a popularizarse, creciendo su uso a partir de la evidente polarización política que ha despertado la gestión kirchnerista.


En términos estrictos el concepto está asociado al antiperonismo. Luego del Golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955 la aplicación del concepto se amplió. La renuencia a todo aquello que tenía que ver con lo popular, asociado ideológicamente a la gestión de Perón, ganó parte de la significación del gorilismo. La dimensión política del término se amplió, entonces, hacia los imaginarios sociales: Un gorila era, además de antiperonista, alguien que manifestaba cuanto menos desden (a veces encubierto por la idea de “lastima”) hacia los cabecitas negras, esos seres carentes de cultura que eran parte del ejército peronista y que eran arrastrados a las grandes movilizaciones a cambio de un “vaso de vino y un choripan”. En la construcción ideológica del “cabecita negra” se constituía además una visión de las cosas, del funcionamiento del mundo y de la legitimidad (o ilegitimidad) de la acción política de los sectores populares.
En la fraseología de la época se inscriben parte de esas nociones: los negros, carentes de conocimiento, imposibilitados por su condición social de distinguir lo bueno de lo malo, iban a las marchas porque alguien los engañaba dándoles a cambio un comestible de alto contenido graso como es el chorizo con pan y alcohol. Imaginarios políticos, sociales y culturales confluían para construir la imagen del cabecita negra al tiempo que engrosaban los significados del concepto gorila. 

Digamos que “los gorilas” no pertenecían a una clase social definida, se podía pertenecer a la clase trabajadora y aun existía la posibilidad de ser encasillado dentro del mote de gorila. En esos casos, el recorte del término llegaba más bien desde el posicionamiento político antes que de la situación económica o social del “gorila en cuestión”. La diferenciación era subjetiva, el gorila, perteneciente también a las clases trabajadoras, reivindicaba su condición de trabajador pero era crítico de un Estado que les daba a otros trabajadores ciertos beneficios con los cuales -teóricamente- fomentaba una cultura de “vivir del esfuerzo de otros” sin brindar justificación para merecer esos privilegios. Si los “negros” querían ascender en la escala social, digamos hasta alcanzar aquello que le corresponde a la clase media, debían hacerse a ellos mismos, individualmente, demostrando su pertenencia a la clase de argentinos que trabajando con dignidad escalaban en la pirámide social, y no de la mano del Estado. Es por ello que “gorilas había en todas partes”, no exclusivamente dentro de las clases propietarias del país. Se podía pertenecer a burguesía industrial y no ser gorila, o ser trabajador y serlo.
Cumpliéndose un nuevo aniversario del golpe de Estado que interrumpiera la segunda presidencia de Perón, y a pocos días de un amplio cacerolazo en la Argentina que ha traído el concepto gorila (y el de los negros) nuevamente a las discusiones cotidianas (reales o virtuales), compartimos la canción que le diera origen al término.

 Deben ser los gorilas, deben ser.